LA ORACIÓN: El camino para enfrentar y vencer nuestros miedos.

Actualizado: ago 14


“AUNQUE CAMINE POR VALLES TENEBROSOS, NADA TEMO,

PORQUE TÚ ESTÁS CONMIGO…”


Cuando tienes miedo, cuando tienes ante ti un futuro tan incierto, cuando han caído sobre ti tantos problemas que ya no sabes ni para dónde correr y alguien te dice: ¡ánimo! o “todo va a estar bien” o, aquella frase tan trillada: “échale ganas”; en realidad quisiéramos que las cosas así fueran, quisiéramos aprender a sostener el ánimo firme ante el desequilibrio que nos puede provocar el miedo, quisiéramos tener la energía y fortaleza ante la angustia que nos hace colapsar. No es sencillo sobreponernos, con todas nuestras fuerzas, al miedo cuando lo tenemos de frente, pero es justo lo que se nos pide en estas situaciones.



¿Cómo hacemos para afrontar con entereza los miedos que nos acometen y, más aún, sobreponernos a ellos y superarlos? Hay un camino para llegar a eso: el diálogo abierto y confiado con Dios. A esto llamamos oración. Es preciso aclarar que la oración no es la aburrida repetición mecánica de frases y palabras sin sentido. Cuando creemos que la oración consiste en esto, con toda razón podemos afirmar que resulta aburrida y no tiene sentido gastar tiempo en ello. No, la oración, el diálogo abierto, sincero y confiado en el amor de Dios por nosotros, es aquello que nos hace expresar nuestros miedos y temores, nuestras preocupaciones que no nos dejan dormir en paz, el miedo que incrementa el estrés y en consecuencia altera la armonía en el entorno familiar.


Hablar con Dios, sabiendo que Él nos escucha siempre, acercarnos a Él, conociendo de antemano que está dispuesto a perdonarnos siempre que queramos aceptar su misericordia y dejar hacernos personas nuevas por su amor; eso es lo único que puede llevarnos a la paz.


Abrir el corazón a Él, sentarnos a hablar con Él, platicarle aquello que nos aqueja, que nos paraliza y nos hace perder el ánimo… hacer esto repone nuestro interior y nos vuelve a dar seguridad ante la vida.


Haciendo lo anterior, descubriremos su amor en nuestra vida, notaremos que él no nos abandona, que está con nosotros en nuestros problemas, que Él carga con nuestros problemas y podemos confiarle a Él lo que nos tiene intranquilos. Éste es el camino por el cual podemos afrontar nuestros miedos, abordarlos y superarlos. Es posible porque descubrimos que Dios está cerca, nunca se ha ido, y eso inyecta en nuestro espíritu la fortaleza necesaria para mirar de frente la adversidad, afrontarla, luchar contra toda situación adversa que nos presenta la vida y vencer.


Podrías decir: “no, yo no tengo tal valor, ya no tengo ánimo ni fuerza para resolver esta montaña de problemas que ha caído a mis espaldas”. Recordemos esta verdad que inunda nuestra realidad cotidiana: Dios nos sostiene. Es necesario volver la mirada a Él y con humildad hablarle, pedirle su ayuda, abrir el corazón de par en par y sacar, ante Él toda la carga negativa y amarga que hemos guardado por tanto tiempo. Esto es orar, es esto y no una repetición cansada de fórmulas o frases que no han conectado con nuestro interior. Aquí la fuerza, el río caudaloso de agua cristalina que repara nuestras fuerzas en medio de la marcha por un desierto agobiante y tortuoso.


En la oración descubrimos esta maravillosa verdad sobre Dios y sobre nuestra más honda naturaleza. Dios es Padre, Padre de misericordia y ternura que nos escucha, nos quiere perdonar y sanar, nos quiere salvar. Nosotros somos sus hijos e hijas, siempre amados por Él. Nos ha amado desde siempre, nos ama siempre y nos ama por toda la eternidad. Por eso siempre nos escucha con atención, por eso es posible dirigirnos a Él mediante la sencillez de nuestro lenguaje. Esto es orar.


A veces quisiéramos disponer del lugar más pacífico para poder entrar en diálogo con Dios. Quisiéramos poder tener tiempo para dedicar un rato largo e ir a una Iglesia, quizá. En ocasiones esto es posible, a veces no. El vértigo de la vida y una agenda abarrotada de deberes y recordatorios nos hacen sumergirnos en el remolino de la vida cotidiana que no espera y que exige y absorbe tiempo. Entonces ¿Es posible encontrar un tiempo para orar? La respuesta es sí. Podemos platicar con Dios, en el silencio de nuestro interior cuando vamos en el transporte público, cuando te preparas para ir a trabajar, cuando vuelves a casa y te encuentras, como cada día, con el embotellamiento vehicular que tarda horas. En estas circunstancias y en cualquiera, es posible hablar con Dios, dirigir a él nuestra voz, compartirle cualquier cosa que llevemos en el corazón.


La pandemia ha traído diversos problemas a la vida y al mundo. Quizá, al igual que muchas personas experimentes tanto miedo e incertidumbre. Quizá has perdido ya la esperanza. Con un panorama complicado como el que atraviesa nuestro país, los problemas económicos, familiares y personales crecen exponencialmente. No es fácil permanecer estable en tiempos tan complicados, pero allí está el camino para renovar nuestro espíritu, para fortalecer nuestra esperanza y seguir luchando, sin detenernos, hasta salir adelante: asirnos fuertemente de la mano de Dios.

Esos momentos en que buscamos su rostro y le contamos todo aquello que nos golpea y nos aflige, todo aquello que es nuestra esperanza y por lo cual luchamos… estos momentos de conversación con Dios son el soporte firme de la vida. Por eso te invito a que, con frecuencia, le busques, platiques con Él, de tú a tú, sabiendo de antemano que nos ama. Esto repondrá tus fuerzas, te fortalecerá y te dará la valentía y entereza para seguir caminando y salir adelante, sean cual sean las condiciones que te toquen vivir.


Es cierto, aún no podemos ir a Misa, aún no podemos reunirnos para celebrar la Liturgia unidos como Iglesia. Pero nuestra unión sigue tan viva como siempre. Puedes sintonizar y unirte espiritualmente a la celebración de la Misa a través de las plataformas digitales de nuestra Arquidiócesis.


Recuerda siempre que no estás sola ni solo. Dios está contigo, está con nosotros. Si necesitas ayuda, puedes llamar al centro de escucha que hemos creado en nuestra Arquidiócesis. Puedes pedir hablar con un psicólogo(a) o un sacerdote. Queremos ayudarte y escucharte. Los teléfonos aparecen al final del texto.

Lleva siempre estas palabras en el corazón:

Tú Señor me sostienes, tú no me dejar caer, tú me esperas a que recupere fuerzas y me animas a seguir adelante. Tú Señor estás cerca y yo te invoco de todo corazón. Así como tú me amas, te pido me ayudes a amar a mis hermanas y hermanos y ser un vivo reflejo de tu amor.







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